El artículo presenta una ponencia pronunciada en unas jornadas sobre estrategia de ciudad en Palma. La autora se pregunta para quién se diseñan realmente las ciudades, argumentando que generalmente acogen a un «ciudadano tipo» idealizado —un adulto sano, de mediana edad y con derecho a voto— excluyendo a los niños.
El texto defiende que los niños deben considerarse ciudadanos actuales, no «ciudadanos del futuro». Argumenta que «una ciudad adaptada a los niños es una ciudad adaptada a todos», ya que los niños son peatones puros que usan los espacios públicos de forma más creativa y lógica.
La autora hace referencia a la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño de 1989, señalando que el artículo 12 garantiza a los niños el derecho a expresar su opinión en asuntos que les afecten. Sin embargo, las ciudades violan sistemáticamente este principio a través de ordenanzas como la regulación del espacio público de Palma de 2012, que literalmente prohíbe el juego en la calle.
Entre los argumentos clave se incluyen: la autonomía urbana, la democratización del espacio público, la integración educativa y los niños como indicadores de la salud urbana. La autora cita a Pontevedra como caso de estudio exitoso, donde el diseño centrado en la infancia resultó en que dos tercios de los desplazamientos se realizaran a pie o en bicicleta.
El artículo concluye con el poema «Los cien lenguajes del niño» de Loris Malaguzzi, que subraya cómo la sociedad restringe las capacidades innatas de los niños.