El proyecto describe una iniciativa colaborativa que exploró la intersección de la danza, la arquitectura y el desarrollo emocional. Los participantes se reunían diariamente en círculos para reflexionar sobre las sesiones, identificando conceptos clave como la libertad, la fortaleza, la seguridad y la paciencia como ejes centrales de su trabajo.
La iniciativa respondió a las presiones de la sociedad contemporánea subrayando la importancia del autoconocimiento y la estabilidad interna: «donde los valores a menudo se reducen a la necesidad de pertenecer a algún lugar, colectivos como Amés nos recuerdan la importancia de reconocer un hogar en nosotros mismos».
A lo largo de diez días, el equipo trabajó con ocho participantes adolescentes, y Rafael Moneo proporcionó marcos arquitectónicos durante dos semanas. El trabajo examinó las conexiones entre el ritmo corporal y las estructuras arquitectónicas, explorando cómo las emociones impregnan el diseño arquitectónico.
El proyecto fortaleció con éxito la confianza de los participantes e introdujo la exploración emocional, superando las expectativas iniciales de los organizadores.